La problemática Axiológica

La problemática axiológica, conecta directamente con una rama de la filosofía denominada Axiología, palabra que viene del griego axios, que significa “valioso”, “digno”, y de la palabra logos, que podemos traducir como “estudio”, “tratado” o “teoría”; por lo tanto la Axiología es la rama de filosofía que se dedica a estudiar o reflexionar sobre los valores.
En este estudio figura el de saber qué es el valor mismo, cuál es su esencia, si realmente existen y qué tipo de existencia tiene; el de saber si es posible conocerlos y realizarlos para acceder a un mundo mejor; en fin, saber cuáles son los valores superiores y cuáles los inferiores y en que se basa esta clasificación.
Vivimos en un mundo regido por los valores, no obstante que muchos de ellos no se cumplen y que tal vez se nos antoje que jamás lleguen a cumplirse.
Los valores que trata la axiología nos son de tipo económico, más bien nos referimos, a aspectos como son: la belleza, la verdad, la justicia, la salud, la paz, la democracia, el amor, etcétera. Todo eso se designa como valores.
En el terreno de los valores, como dice un filósofo, “hay un campo por arar, una cosecha por recoger, tesoros por descubrir, recursos por movilizar, energía por liberar, que bien puede compararse con los de la naturaleza”.
Así, pues, vivimos en varios niveles de épocas. En lo que se refiere a nuestro mundo moral, a nuestro mundo sentimental, estamos aún en una edad de piedra: “odiando y amando, envidiando y deseando tan primitivamente como el hombre de las cavernas y rompiendo de tiempo en tiempo, con inaudito salvajismo, el barniz de nuestra civilización”. Hemos aprendido a controlar la naturaleza antes de haber aprendido a controlarnos a nosotros mismos.

Los problemas fundamentales de la axiología

Los filósofos de los valores no se van a dedicar a inculcar ciertos valores, sino más bien a analizarlos, a reflexionar sobre la naturaleza, sobre la posibilidad de conocerlos y realizarlos. De esta manera, se plantean una serie de problemas, tale como, ¿son los valores objetivos o subjetivos?; ¿dependen de nuestro modo de ser y de percibir las cosas?; o ¿son en “sí y por sí” independientes del sujeto que los capta?; ¿Cómo se captan realmente los valores?, ¿por el intelecto, por el sentimiento, por la intuición?

El problema sobre la naturaleza de los valores

El problema sobre la naturaleza de los valores plantea la siguiente pregunta: ¿qué naturaleza tienen los valores? Para la solución de este problema vamos a encontrar dos posiciones antagónicas y al parecer irreconciliables: el Objetivismo y el subjetivismo axiológicos.
Para el Objetivismo, el valor tiene una naturaleza o modo se ser objetivo, pues existe independientemente de un sujeto o de una conciencia valorativa, mientras que para el subjetivismo sostiene que un valor debe su existencia, su sentido o su validez a reacciones ya sean filosóficas o psicológicas del sujeto que valora.

El objetivismo y el subjetivismo de los valores

Según el objetivismo, el sujeto no es necesario para la captación de los valores, ya que éstos existen en sí y por sí, con independencia del sujeto. Como dice Max Scheler (1875 – 1928) - representante del objetivismo- el asesinato siempre es malo, sin necesidad de que alguien lo repruebe como tal.
Para el objetivismo los valores son independientes de los bienes o cosas valiosas y de los sujetos que los valoran. La naturaleza del ser humano, sus cambios a lo largo de la historia, el influir constantemente de las preferencias, las vicisitudes de los deseos, deja a los valores intactos e imperturbables.
A diferencia del objetivismo, el subjetivismo axiológico sostiene que el sujeto es esencial o imprescindible, en toda valoración, pues si no existe un sujeto encargado de valorar las cosas, el valor, simplemente, no es posible.
El subjetivismo dirá, que los valores son para mí (en cuanto a sujeto que valoro). Podríamos decir que el subjetivismo resucita la antigua frase de Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas”. Para el subjetivismo no podemos hablar de valores fuera de una valoración real o posible. En efecto, ¿qué sentido tendría la existencia de valores que escaparan a toda posibilidad de ser apreciados por el hombre? ¿Cómo sabríamos que existen los valores si estuvieran condenados a mantenerse fuera de la esfera de las valoraciones humanas?
Por su parte, el objetivismo afirma que en es cierto que la valoración es subjetiva, pero es indispensable distinguir valoración del valor y el valor es anterior a la valoración.
Si no hubiera valores, ¿qué habríamos de valorar?
Confundir la valoración con el valor equivale a confundir la percepción con el objeto percibido. La percepción no crea al objeto, sino que lo capta; lo mismo sucede con la valoración. Lo subjetivo es el proceso de captación del valor. No podemos reducirlo valioso a aquello que nos agrada o interesa.
Por encima del agrado o desagrado existe un deber objetivo, un valor moral que no depende de los vaivenes de nuestros gustos o disgustos.
Estos argumentos nos muestran la complejidad que encierra el problema de la naturaleza de la existencia de los valores.

Hacia una superación del objetivismo y el subjetivismo

No podemos negar que cada una de estas posiciones -objetivistas y subjetivistas – tiene algo de convincente y nos pasaríamos largo tiempo discutiendo sobre sus argumentos. ¿Cómo resolver entonces el problema del objetivismo y subjetivismo?
Autores como Risieri Frondizi han planteado la cuestión de otra manera. Este filósofo argentino piensa que tanto el subjetivismo como el objetivismo son unilaterales. Considera que el valor surge de la relación entre el sujeto y el objeto, y que esa relación axiológica origina una cualidad estructural empírica.
Agrega que dicha cualidad estructural no se da en el vacío, sino dentro de un situación humana concreta, y que, la jerarquía axiológica es también situacional y compleja, no lineal. Sostiene, además, que los valores sirven de fundamento a las normas éticas y que éstas, lo mismo que las normas jurídicas, son situacionales.
Según Frondizi, esta interpretación estructural del valor nos permite superar el tradicional abismo que se da entre el mundo del ser y del deber ser. Es en el capítulo VI de su libro ¿Qué son los valores? Donde Frondizi propone su tesis como cualidad estructural.
Los rasgos de la posición de Frondizi son: el valor, como muchas veces se ha sostenido, es un cualidad irreal. Esto significa que el valor no es una cualidad primaria (cualidades primarias son aquellas cualidades fundamentales sin las cuales los objetos no podrían existir) ni tampoco una cualidad secundaria o cualidad Sensible (como el color, el sabor, el olor, etc.) y que si bien se distingue de la primaria por su mayor o menor subjetividad, también se asemeja a éstas, dado que forman parte del ser del objeto.
En cambio, el valor no forma parte necesariamente del ser objeto, pues pueden existir objetos que no tengan el valor belleza, por ejemplo. El valor no confiere ni agrega ser “pues la piedra existía plenamente antes de ser tallada, antes de que se transformara en un bien”.
Ahora bien, para referirse al carácter de cualidad irreal, al valor se le ha denominado “cualidad sui-generis” pero, dice Frondizi, esta denominación no aclara mucho su naturaleza.
En otro sentido, se dice que el valor es real, pues tiene existencia en el mundo real y no es una mera ilusión o fantasía del sujeto. “A nuestro juicio la irrealidad del valor debe interpretarse como una cualidad estructural. Una estructura no equivale a la suma de las partes, aunque depende de los miembros que la constituyen: tales miembros no son homogéneos. La estructura no es abstracta, como los conceptos, sino concreta, individual. Si se interpreta la irrealidad del valor como una cualidad estructural, se aplica su carácter aparentemente contradictorio, de depender de las cualidades empíricas en que se apoya pero, al mismo tiempo, no poder reducirse a tales cualidades”.
Estas cualidades empíricas que nos ayudan a entender y a ubicar los valores, se enmarcan en lo que Frondizi llama “situaciones”, o sea, el conjunto de factores ambientales, sociales, culturales e históricos que nos rodean.
Estas situaciones no constituyen el receptáculo de los valores, pero sí forman parte de ellos y los condicionan. Al respecto, Frondizi pone varios ejemplos de cómo influye la situación en las diversas valoraciones que nosotros hacemos. Por ejemplo, un paragua es útil si llueve; un salvavidas lo es si estamos en altamar y hay peligro de naufragio. Lo mismo ocurre en otros niveles. El goce de la música depende de la temperatura, el ruido en la sala, el olor o cualquiera otra modificación del pertinente.
En el plano moral, según Frondizi, también participa la situación física. Hay elementos atenuantes de una conducta aparentemente inmoral debido al medio. Recuerda, por ejemplo, la película Perdidos en los Andes; en ella se narra el hecho real de unas personas, víctimas de un accidente aéreo, que para sobrevivir se vieron obligadas a comerse a los que murieron en la catástrofe. ¿Cómo juzgar esta conducta a la luz de su situación?

El deber ser y las bases de la conducta moral

El tema de los valores, del cual se ocupa, la axiología, incide notablemente en disciplinas filosóficas como la ética y la estética.
En el primer caso, al investigar la naturaleza del valor de lo bueno, de lo que es valioso en la vida; y en el segundo, al indagar qué es la belleza; en qué consiste lo sublime, lo trágico, lo cómico, lo grotesco y demás valores o categorías estéticas.
Hablemos de la ética, esta disciplina filosófica ha sido caracterizada como una “ciencia del deber ser”. ¿A qué se refiere esto? Diversos filósofos, principalmente de filiación idealista, por ejemplo Immanuel Kant (1724 – 1804), han distinguido dos grandes sectores de la realidad: el ser y el deber ser.
El mundo del ser se refiere a lo que es de fijo, a lo que acontece en la realidad fenoménica, independientemente de nuestra voluntad y nuestro obrar. Se trata del mundo de la naturaleza, donde todo acontece por necesidad. Así, según esta concepción, en la naturaleza impera la explicación causal: a determinadas causas, si yo arrojo un objeto (por ejemplo un libro) esté caerá inevitablemente al suelo; si yo bebo “x” sustancia o droga, sufriré “x” efecto; si no me alimento, enfermaré, etcétera.
Pero, al lado de este mundo regido por la necesidad, por las regulaciones fenoménicas, por los encadenamientos causales, es posible hablar de un mundo donde reina la libertad humana, donde las cosas no suceden en forma necesaria, sino por plana voluntad del hombre. Se trata, entonces, del mundo del deber ser a partir del cual se establecen las bases de la conducta moral, ya que solamente los actos libres, voluntarios y autónomos son los que pertenecen al mundo moral.
En este ámbito del deber ser es donde se ha instalado la ética, la cual descansa en la libertad humana. La libertad, se ha dicho, es la condición de posibilidad de la conducta moral y de la ética. De la conducta moral, en cuanto a los actos libres y consientes de los individuos en la sociedad; y de la ética, en cuanto reflexión sobre la validez universal de dichos actos.
La ética no estudia lo que es de por sí, sino lo que debe ser. En la antigüedad, Calicles alegaba que el “abuso de los fuertes” y poderosos era lícito porque era algo que ocurría regularmente en la experiencia y en la vida diaria; sin embargo, esta opinión es errónea porque el legendario sofista basaba su ética en el ser y no en el deber ser.
El hombre no es por naturaleza ni bueno ni malo, pero puede llegar a ser plenamente bueno si fomenta una serie de valores en lugar de unos contravalores (la crueldad, la injusticia, el cinismo, la deshonestidad, etc.)
El hecho de que no se cumplan muchos valores en el seno de una sociedad: la justicia social, la solidaridad, la paz mundial, la fidelidad, etc., no significa que no existan o que sean meras “utopías”, pues la realidad de estos valores no descansa en lo que es, sino en lo que debería ser, en cuanto imperativos que la voluntad – como dice Kant_ exige para lograr el cumplimiento de la conducta buena de una manera universalmente válida.
El imperativo máximo de la conducta humana es formulado por el filósofo de Königsberg de la siguiente manera: “Obra de tal forma que la máxima de tu conducta sea elevada, por tu voluntad, a una norma de universal observancia”.